Tratado de Maastricht | 30 aniversario de su entrada en vigor







«Lo he leído, pero ahora mismo no me acuerdo de qué trata», dice Jesús de 67 años al ser preguntado por RTVE.es sobre el Tratado de Maastricht. Algo parecido le ocurre a Begoña, de 74 años, que confiesa que solo conoce el nombre, pero que sabe que fue «de los primeros tratados europeos». 

Por su parte, Isabel, de 26 años, también afirma que ha escuchado algo sobre él. «Me suena», afirma, pero «ahora mismo no sé relacionarlo con lo que es». 

Todo ellos han oído hablar del Tratado de Maastricht, que este 1 de noviembre cumple 30 años desde su entrada en vigor, pero ninguno sabe precisar de qué trata o qué regula. El periodista y doctor por la Universidad Complutense de Madrid, Sergio Príncipe, lo califica como «fundamental para que podamos hablar de Unión Europea propiamente dicha».

«Antes de Maastricht, existen las Comunidades Europeas, pero no existe la Unión Europea», subraya. Y es que, tras su firma el 7 de febrero de 1992, el 1 de noviembre de 1993 entraba en vigor este Tratado que creó la Unión tal y como se conoce en la actualidad.

También nombrado Tratado de la Unión Europea (TUE), debe su nombre de la ciudad neerlandesa donde se realizó su rúbrica, cerca de las fronteras con Alemania y Bélgica.

¿En qué consistía el tratado?

El Tratado de Maastricht supuso un hito, ya que sentó las bases del concepto de unión de naciones. Con su entrada en vigor, la Comunidad Económica Europea (CEE), creada por el Tratado de Roma en 1957, pasa a convertirse en la Comunidad Europea (CE).

El documento se basó en tres pilares fundamentales: el concepto unitario «de las Comunidades Europeas», dice el también profesor de Políticas de Información y Comunicación en la UE; la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC), para defender los valores, intereses y la independencia de la UE; y la cooperación en Justicia e Interior, más estrecha en materia penal. Constituyó, por lo tanto, la Unión Política Europea (UPE).

El primer pilar introducía, además, el concepto de ciudadano europeo, el cual podía circular libremente y residir en todos los Estados miembros. «Habíamos creado un mercado interior en los años 50, que madura en los 70 y que se fortalece en los años 80 […], pero con Maastricht llegamos al libre espacio para que los ciudadanos se puedan mover», expresa Príncipe a RTVE.es.

Reforzó también las competencias del Parlamento Europeo «para que la Eurocámara, en tanto que tiene que reflejar esa ciudadanía de la Unión Europea, tuviera más poderes». 

¿Qué países lo firmaron?

Fue firmado por los que, por entonces, eran los doce miembros europeos: Alemania, Francia, Italia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Dinamarca, Irlanda, Reino Unido, Grecia, España y Portugal.

Los parlamentos de todos estos países ratificaron el Tratado para lo que, en algunos casos, se celebró un referéndum. España lo hizo a través de Ley Orgánica, siendo presidente del Gobierno Felipe González. Un camino «complejo» que no estuvo exento de dificultades, ya que «Dinamarca se negó a ratificarlo en primera vuelta», dice Príncipe. Fue el resultado de años de negociaciones

Tras su rúbrica, la Unión Europea fue ampliando sus fronteras incorporando a 16 países más, aunque la salida de Reino Unido el 31 de diciembre de 2020 dejó a la Unión con 27 miembros. Todos ellos aceptaron y adoptaron las normas de este y de los tratados posteriores.

¿Qué bases económicas estableció?

Maastricht también sentó las bases de la Unión Económica y Monetaria, algo que confirma el experto: «Es aquí donde toma cuerpo la unidad monetaria y la posibilidad de que exista una entidad como el Banco Central Europeo que pueda plantear políticas tan sensibles».

Por lo tanto, estableció normas claras para la futura moneda única, la cual llegó en enero de 1999. Estas, conocidas como criterios de Maastricht o de convergencia, incluían también las condiciones que los países deben cumplir para incorporarse a la zona del euro.

Tienen que ver con la inflación -que no debe exceder en más de 1,5 puntos de la de los tres Estados miembros con mejor comportamiento-, con la deuda pública; los tipos de interés y el tipo de cambio.

Tratado de Maastricht, un paso decisivo

Diseñó tres fases de transición para introducir el euro, que comenzó con la libre circulación de capitales, para reforzar después la cooperación entre los bancos centrales nacionales y derivar, posteriormente, en la introducción gradual de la moneda común.

Asimismo, instauró el Sistema Europeo de Bancos Centrales y describió sus objetivos, el del BCE fue mantener la estabilidad en los precios.

¿Cuáles fueron los cambios posteriores?

Este Tratado «fue el único que se hizo con cláusulas concretas para su revisión, ya que se era consciente de que iba a nacer imperfecto», dice el profesor universitario.

Con ese espíritu renovador fue modificado posteriormente por los Tratados de Ámsterdam, Niza y Lisboa. El de Ámsterdam, que se firmó en 1997 y entró en vigor en 1999, fue el primero en modificar el de Maastricht y se basó en sus logros para reformar las instituciones. Amplió los derechos de ciudadanía y dedicó más recursos y cooperación al empleo.

Tras él, y después de difíciles negociaciones, en diciembre del año 2000 se aprobó el Tratado de Niza, ya que debía formalizarse el ingreso de República Checa, Hungría, Polonia, Eslovenia, Eslovaquia, Lituania, Letonia, Estonia, Chipre y Malta como nuevos miembros. Entró en vigor en el 2003 y su objetivo era preparar a Europa para otra gran ampliación y hacer que las instituciones fueran más eficaces.

Después del de Niza, la UE tenía la intención de establecer una Constitución común a través de otro Tratado, el cual finalmente fracasó por falta de consenso. Una situación que derivó en la aprobación del último, el de Lisboa, que está en vigor desde el 1 de diciembre de 2009.

Este incluyó nuevas reglas de voto para reforzar la democracia y una nueva configuración institucional, con especial énfasis en el papel del Parlamento Europeo.

Citando al que fue Secretario de Estado para la Unión Europea entre 2008 y 2011, Diego López Garrido, Sergio Príncipe apunta que, el Tratado de Maastricht «si se caracterizaba por algo, era por ser francamente insuficiente, pero absolutamente imprescindible«. 

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