Estamos ante un cambio de época
El actual presidente de Ibercaja Banco representa una forma de liderazgo poco común en tiempos de vértigo económico e incertidumbre global. Con una mirada pausada y profundamente ética, Francisco Serrano (Teruel, 1966) combina la firmeza de un gestor con la visión de un humanista. Los que lo conocen afirman que plantea una clara serenidad en la toma de decisiones, mantiene el pensamiento a largo plazo y ejecuta la responsabilidad social para guiar la entidad centenaria que preside.
Paco, como lo conocen en su entorno más cercano, es una de esas mentes despiertas que, tras sus primeros años en la Abogacía del Estado, dio el salto al sector privado. Su trayectoria en Ibercaja, construida a lo largo de décadas de dedicación, está a día de hoy enfrascada en la tarea de presidente de la entidad.
En esta entrevista con HOY ARAGÓN, Francisco Serrano reflexiona sobre el momento de incertidumbre que atraviesa la sociedad y defiende una idea de empresa —y de empresario— que debe trascender a la coyuntura. Desde esa perspectiva, entiende la banca no solo como un motor económico, sino como un agente de equilibrio, generador de confianza y creador de criterio en tiempos complejos.
PREGUNTA. ¿Cómo interpreta el momento histórico que vivimos a nivel global? ¿Estamos en una transición estructural del orden mundial o simplemente en una fase de convulsión más?
RESPUESTA. Creo que estamos ante un cambio de época real, no una simple etapa convulsa. Y no lo digo solo yo: cada vez hay más voces, de procedencias muy distintas, que coinciden en esta interpretación. Las transformaciones actuales —desde la invasión de Ucrania hasta la revolución tecnológica— tienen una singularidad respecto a otras etapas históricas. Y por eso hay muchas voces que apuntan a un cambio de era.
Manuel Pizarro, por ejemplo, lo expresa con una anécdota que repite a menudo: dice que va al Monasterio de Leire a hablar con el abad, y le preguntó cómo veía la crisis que nos rodea. Y el abad afirmó que no es una crisis sino un cambio de era. El mismo Antón Costas lo dijo recientemente en el Patio de la Infanta, al menos en teoría económica, que estamos ante un cambio de era.
Lo mismo sostiene gente como Jaime Rodríguez de Santiago, que tiene un podcast que me encanta que se llama Kaizen. Dice que estamos en una «bisagra de la historia». Incluso el Papa León XIV explicó que eligió su nombre inspirado en la revolución industrial y los cambios que estamos viviendo ahora. Así que sí, creo que hay indicios suficientes para afirmar que estamos ante un cambio de era, no un momento meramente convulso.
En un tiempo donde el corto plazo lo invade todo, ¿cree que el pensamiento estratégico sigue siendo clave para las grandes corporaciones?
Sin ninguna duda. La mirada estratégica a largo plazo es más necesaria que nunca. Las empresas deben tener un rumbo claro y capacidad de adaptación, y eso solo se consigue con visión. Es cierto que, en tiempos de incertidumbre, hay una tendencia a centrarse en lo urgente, en el corto plazo, debido a la existencia de tanta incertidumbre.
Pero, precisamente, en Ibercaja somos plenamente convencidos de que hace falta una mirada a largo plazo porque es el mapa que te guía en la niebla. Y también es verdad que en momentos de niebla necesitas poner las luces cortas, y eso es precisamente la adaptación al entorno.
«Las empresas deben tener un rumbo claro y capacidad de adaptación, y eso solo se consigue con visión»
En un contexto de guerras abiertas, tensiones comerciales y desglobalización selectiva, ¿Europa está sabiendo construir una identidad geoestratégica propia? ¿Y España?
Europa lo está intentando, aunque con limitaciones evidentes. Leí hace poco un informe del Real Instituto Elcano que decía que Alemania basó durante años su liderazgo en la idea ‘wandel durch handel’, de cambiar a través del comercio. Pero la guerra en Ucrania ha demostrado que no puedes transformar una autocracia con acuerdos económicos. Ahora Europa tiene que reconfigurarse. Y creo que, sin ser voluntarista, lo está intentando.
Los informes de Mario Draghi y Enrico Letta actúan como catalizadores e insisten en dos ideas clave: la primera, que estamos perdiendo competitividad con Estados Unidos y China, y la segunda, que esa recuperación de la competitividad debe hacerse reforzando nuestros valores, como el Estado del bienestar.
Frente al modelo estadounidense de Trump de querer ser una democracia iliberal o a la autocracia que aplica China. Por tanto, ¿cómo reconfigurar Europa? Con más Europa, con más unión.
En el caso de España, exactamente igual: con más España. Necesitamos también avanzar hacia un verdadero mercado interior y único, porque hoy seguimos funcionando con estructuras demasiado fragmentadas. Solo así podremos cerrar la brecha de competitividad y de renta per capita.
¿El mundo financiero está suficientemente preparado para gestionar no solo los riesgos económicos, sino también los riesgos morales y civilizatorios?
Gestionar riesgos es parte de la vida como personas y como empresarios. Me viene a la mente una frase de Joaquín Costa: “no hay vida sin riesgo”. Ya lo decía Amado Franco en Ibercaja, cuando estábamos en su equipo más cercano, “no hay peor riesgo que el desconocido”.
Por lo tanto, siempre, hay que tener el mapa actualizado de riesgos. Y además de los riesgos financieros, la cultura y los valores tienes que tenerlos bien identificados. El sector financiero europeo ha avanzado muchísimo en los últimos años, no sólo en cumplimiento normativo o de gobernanza, sino también en cumplimiento ético.
¿Qué cree que nos está diciendo este tiempo de cambio de era sobre la condición humana? ¿Vivimos en una crisis de sentido o en una transformación de valores?
Probablemente ambas cosas. Las transformaciones tan profundas que vivimos provocan incertidumbre, desconcierto o superficialidad. Pero también nos obligan a reflexionar sobre lo que somos y hacia dónde vamos. Y creo que hay mucho interés en la búsqueda de valores o de una espiritualidad en un sentido muy amplio, como se ve en los casos de Marián Rojas, Víctor Kuppers… llenan teatros y auditorios.
Me gusta mucho un libro de Víctor Lapuente, ‘El decálogo del buen ciudadano’. Toma pensadores de distintas tendencias ideológicas y plantea un diagnóstico: necesitamos recuperar los valores que dan sentido a la democracia liberal, al Estado de Derecho, el respeto al ordenamiento establecido o que ponen en el centro a la persona humana. Son ese tipo de valores que hay que luchar por ellos frente a las tendencias autocráticas que vienen de fuera y de dentro de España.
En un mundo acelerado, tecnológico y muchas veces superficial, ¿cómo se conserva la dignidad del pensamiento pausado, del juicio sereno?
El otro día decía Pablo d’Ors que una vida sin pausa, sin reflexión, no es una vida plena. La vida que se basa en una mera experiencia no es una vida plena. Para trascender de ti mismo y aportar a la sociedad hay que pausar. Es más necesario que nunca parar y reflexionar.
«La vida que se basa en una mera experiencia no es una vida plena. Para trascender de ti mismo y aportar a la sociedad hay que pausar»
Ibercaja es parte de una de las entidades que más ha invertido históricamente en mecenazgo cultural. ¿Las élites económicas apuestan por este apoyo que requiere la vida cultural y cívica de un país… o se está perdiendo este arraigo y compromiso?
Si hablamos de empresas y de corporaciones, ha ido a más. La vocación social y de fomentar el desarrollo económico y cultural lo ha tenido siempre Ibercaja. Forma parte de nuestro ADN. Pero es verdad que hay un segmento, en el mecenazgo privado o particular, que ha ido a menos. Quizá esté más de capa caída.
¿Cree que las instituciones tienen alma? ¿Se puede trabajar el cuidado por la esencia y los valores como se cuida la rentabilidad?
Se debería trabajar. Porque que las empresas tienen alma es algo clarísimo. Peter F. Drucker, el gran gurú del management, tiene una frase que me gusta mucho que dice: ‘la cultura de una empresa se come a la estrategia en el desayuno’. Y no es neutral los valores y la cultura que tienen las empresas.
Es evidente que el principal deber es la rentabilidad económica, lo cual es legítimo y absolutamente necesario. Pero no puedes tener como único propósito empresarial la consecución de un beneficio sin tener en cuenta al resto de la sociedad.
¿Echa en falta figuras ilustradas o referentes culturales e intelectuales en la vida pública aragonesa?
Más que una falta de referentes, creo que el verdadero problema es que no les damos la visibilidad ni el valor que merecen. Porque lo que vende es lo polarizado y lo extraño o lo bizarro. Hay ejemplos de referentes como Guillermo Fatás, que es un hombre del renacimiento, o Irene Vallejo, Aurora Egido, Mateo Valero, Vicente Salas… Pero como sociedad no siempre sabemos mirarlos con el foco adecuado, y son personas que pueden ser faro en un mundo rodeado de incertidumbre.
¿Qué significa hoy “ser ilustrado”? ¿Y puede una entidad bancaria ser un agente de ilustración, de pensamiento, de creación de criterio?
Ser ilustrado hoy sigue teniendo mucho que ver con lo que significaba en su origen: no es solo acumular conocimiento, ni disfrutarlo como un mero gozo intelectual. El ilustrado era alguien que quería transformar la sociedad, y lo hacía a través de la educación o del pensamiento crítico.
¿Estamos perdiendo la capacidad de mirar el mundo con profundidad, de hacernos las grandes preguntas?
Creo que sí, sin duda. A día de hoy tenemos más capacidad que nunca de llegar al conocimiento y de sacar conclusiones pero tenemos una clara tendencia a la inmediatez, a la satisfacción momentánea o a la superficialidad. Pero hay riesgos, como querer tener una vida feliz sobre la base de no sufrir incomodidad. Vivimos en una sociedad anestesiada, antes teníamos una relación más natural con el dolor o la muerte. Hay que ir por el camino de la profundidad, de la pausa y de la reflexión.
«Hay riesgos, como querer tener una vida feliz sobre la base de no sufrir incomodidad»
¿Qué virtud considera más escasa hoy en la vida pública y empresarial? ¿Y cuál cree que es la más urgente de recuperar?
Vivimos en una sociedad excesivamente polarizada en el ámbito de la escena pública, y el enfrentamiento no lleva al progreso ni a tener una sociedad mejor. Hay que recuperar el espacio de la centralidad, en el sentido que indica Nacho Cardero: no que todos tengamos que recuperar el centro sino un espacio donde los oponentes se puedan poner a dialogar y llegar a acuerdos. Tenemos que abandonar la polarización para llegar a acuerdos porque el consenso es lo que nos hace avanzar.
¿Sigue teniendo sentido hablar de virtud, deber o justicia en el lenguaje empresarial contemporáneo? ¿Cree que hoy hay espacio real para el pensamiento humanista en los despachos donde se toman decisiones importantes?
Ética y empresa no son dos términos contrapuestos. Es como las personas, los valores nos preceden. Y en las empresas sucede igual. No es que tenga que haber un espacio para la virtud o el deber sino que tiene que preceder al ejercicio de la función empresarial. Creo firmemente que estos espacios existen en el sector financiero.
Si pudiera tener una conversación con un ilustrado aragonés del pasado —Luzán, Goya, o incluso Joaquín Costa—, ¿qué le preguntaría?
Como me preocupa la polarización que vivimos, escogería a Goya para preguntarle si España dejará de ser un país que se dedique a la lucha a garrotazos. Y cómo lograr que nos escuchemos entre todos con respeto y libertad.










