«El líder que usa el miedo para movilizar es el peor de todos»
«Profesor, ha muerto Gene Hackman». Marshall Ganz (Michigan, 1943) mira con cara de sorpresa y titubea, sin entender bien de quién le está hablando el periodista en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. «Sí, esa película que hizo Hackman, ‘Arde Misisipi’, tiene … mucho que ver con su vida», le recuerdo. De pronto, descifra la pronunciación. «Ah, habla de Gene Hackman, claro, eso fue cuando me metí en el movimiento de los derechos civiles. Era 1964 y el día antes de que partiéramos a Misisipi para apoyar a los activistas negros que luchaban por sus derechos, nos dijeron que una avanzadilla de tres compañeros –Andrew Goodman, Michael Schwerner y James Chaney– habían desaparecido. Entonces no sabíamos lo que les había pasado. Dos meses después descubrieron sus cuerpos en una fosa donde los arrojó el Ku Klux Klan tras matarlos. Nos afectó mucho. Pero también fue un momento de decisión, de compromiso. Ahí empecé a aprender lo que era el liderazgo, la organización y el cambio social».
Hoy, Ganz es profesor de Liderazgo, Organización y Sociedad Civil en la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard. Una referencia indiscutida para el mundo de las ONG, los sindicatos y las organizaciones de base. La izquierda ha aprendido mucho de sus lecciones. Podría decirse que Ganz es una de las razones por las que Trump, pero sobre todo su vicepresidente JD Vance, quieren menoscabar la voz de Harvard. Su biografía es testimonio de su compromiso: después de Misisipi en 1964, de perseguir la esperanza con el reverendo Martin Luther King (asesinado en abril de 1968), de hacer campaña por Robert Kennedy (asesinado en junio de 1968) y de organizar a los jornaleros mexicanos asesorando al histórico dirigente César Chávez, Ganz volvió a la universidad y se convirtió en profesor de Harvard.
—¿Cómo se definiría? ¿Activista, profesor, profeta?
—Profeta no. Eso no. Soy un educador. Mi mamá era maestra, pero siempre se identificó como educadora porque la palabra, que viene del latín ‘ēdūcere’, no significa imponer, sino desarrollar. Y desarrollar las capacidades, las posibilidades de los seres humanos es algo que me gusta.
En el viaje a Misisipi este hijo de un rabino, que fue capellán de los desplazados en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, descubrió su vocación. Sintió un llamado para trabajar con las personas, «organizándolas para formar el poder colectivo que se necesitaba para cambiar las instituciones que les habían estado oprimiendo». Creó la estructura del Partido Demócrata en Misisipi. Después se fue a trabajar con César Chávez. «Aprendí mucho de él. Aprendí este español que tengo, por eso tengo una que otra palabra mexicana, como platicar, por ejemplo». De ese movimiento campesino tomó el eslogan ‘sí se puede’ que, años después, Barack Obama, otro líder que ha recibido sus consejos y del que fue uno de sus estrategas, convirtió en el eficaz ‘Yes, we can’ de su victoria presidencial.
— ¿Y qué lo motivó a volver a Harvard?
—Cuando uno está metido en un movimiento, a veces se confunde lo que es uno con lo que es el movimiento. Se requiere un tiempo para darse cuenta de quién es uno. Yo había dejado mis estudios universitarios sin terminar, pero me invitaron a la reunión de 25 años de mi clase. Y fue como encontrarme con una versión mía de cuando tenía 20 años. Y alguien me dijo: «bueno, ¿por qué no regresas a completar ese año que dejaste pendiente?». Y aunque creía que la sinapsis ya no trabajaba como antes, me di cuenta de que tenía un hambre profunda de entender el mundo y reflexionar sobre lo que había estado haciendo.
—¿En las organizaciones sociales reivindicativas siempre hay un momento en que surge la tentación de recurrir a la violencia?
—Bueno, antes de ir a Misisipi nos enseñaron la disciplina de la no violencia, nos entrenaron en ella. La no violencia, la ‘satyagraha’ que es la palabra india que usaba Gandhi, es una tradición. Hay que usar la creatividad para pelear de otra forma que no destruya la humanidad de la persona que está enfrente. Es como un acto de santidad, pero resulta muy práctico, se requiere mucha disciplina, trabajo, sacrificio y también mucha fe, o esperanza, o cualquier palabra que refleje el amor por la vida. Es algo milagroso este don de la vida. Y no debemos menoscabarlo o perderlo.
Un momento clave fue el asesinato de Robert Kennedy. Ese día, Ganz estaba en el hotel de Los Angeles donde celebraba su victoria en la decisiva primaria de California. Acompañaba a la delegación de campesinos que movilizaron el voto hispano. Lo esperaban en un cuarto, donde les iba a dar las gracias. Pero Kennedy tomó el camino atravesando la cocina y en ese estrecho pasillo Sirhan Sirhan le disparó. «Sentí como cuando la arena se escapa entre tus dedos. Era un momento histórico, el futuro de Estados Unidos habría sido muy distinto. Sentí que algo estaba cambiando en ese momento».
—¿Por qué confundimos autoridad con liderazgo?
—Históricamente hemos entendido el liderazgo como autoridad. Pero hemos aprendido mucho sobre él. No es simplemente dar órdenes. Eso es la autoridad. El liderazgo es aceptar la responsabilidad de facilitar o empoderar a otros para lograr un propósito común en circunstancias de incertidumbre. Porque en la incertidumbre es donde se necesita el liderazgo. Cuando no hay problemas es porque el liderazgo funciona bien. Hay muchos cargos con autoridad que están ocupados por los peores líderes. Por el contrario, hay comunidades o lugares de trabajo, donde encontramos personas que ejercen un gran liderazgo, pero no tienen título o cargo.
— ¿Qué piensa del líder que usa el miedo?
— Es el peor de todos. Uno puede movilizar con el miedo, pero el miedo se convierte en rabia, se transforma en dependencia. Lo contrario es movilizar con la esperanza, levantar el potencial del pueblo de crearse un futuro. Lo primero es maldad. Lo otro puede ser un trabajo de creación.
— ¿Por qué Trump volvió a ganar?
— Ganó por segunda vez casi por los mismos motivos que ganó la primera vez. Son dos puntos importantes. Uno es que la Constitución de los Estados Unidos no es democrática, sino oligárquica. En el fondo hay un conflicto entre los que creen en la democracia y los que creen que unos deben mandar y otros obedecer. Y esos dos puntos de vista forman parte de la historia del país. El segundo punto es que desde 1970 el Partido Demócrata ha abandonado su compromiso con el bien social común. Se ha convertido en lo que Thomas Piketty llama ‘la izquierda Brahmán’, un partido de gente muy educada, pero que no les importa la vida cotidiana de la gente. Y en eso llega una persona que dice: «Yo veo su sufrimiento. No es vuestra culpa, es culpa de ellos y de ellos y de ellos. Vamos a atacarlos y yo voy a ser el general del ataque».. Y eso es lo que Trump ha hecho. Y funcionó porque la otra la otra narrativa ha sido débil demasiado tiempo.
— Su último libro habla de un renacimiento democrático. ¿Es posible?
— Tiene que serlo. El optimismo y el pesimismo son dos formas de arrogancia, porque nadie puede predecir el futuro. La esperanza, en cambio, es realista, porque en palabras de un sabio de siglo XIII (el judío cordobés Maimónide) ella significa –lo voy a decir en inglés– ‘It’s to believe in the plausibility of the possible as opposed to the necessity of the probable’ (la esperanza es la creencia en la plausibilidad de lo posible, en contraposición a la necesidad de lo probable). En otras palabras, vivimos en un mundo en el que siempre es probable que Goliat gane, pero a veces David gana. Era improbable que eligiéramos a un presidente negro en EE.UU., pero sucedió. O sea, en algún lugar entre la fantasía y la certeza está el dominio de lo posible. Y ahí cabe la creatividad, la estrategia y la imaginación para poder desarrollar un camino hacia el futuro que sea alternativo al lugar donde estamos. Y lo otro es que cometemos un error cuando pensamos que la esperanza es un héroe que nos va a salvar, porque en nuestras propias vidas tenemos experiencias de tristeza, pero también las tenemos de esperanza. Si no, no tendríamos esta conversación ahorita.
— ¿Qué piensa de la IA?
— Estuve en una cena en el Instituto Tecnológico de Massachusets (MIT) hace unos dos meses con Tim Berners-Lee, el hombre que inventó la Web. Él decía que las máquinas pueden tomar decisiones, pero solamente los humanos pueden elegir. Podemos calcular, quizás no tan rápido como la máquina, pero también aprendemos de nuestros corazones, de la emoción, del cuerpo.
— ¿Qué le inspira Gaza?
— Es un crimen, es un pecado de los más grandes, y es una traición, realmente, a lo que es la tradición judía respecto a la justicia social. El Estado de Israel no es lo mismo que el pueblo judío. Y como dijo un autor recientemente, las personas tienen derecho a existir, los Estados no. Hay algo muy sabio en eso. Porque los estados juegan en otra liga. El problema es que los palestinos hoy son invisibles.
— ¿Y cree que, como han dicho algunos politólogos, que el wokismo dañó a la izquierda?
— Creo que hay mucha exageración en eso. Los movimientos de derecha no son estúpidos. Ven lo que está pasando. Y cuando la izquierda deja de estar preocupada con las realidades de la vida cotidiana y se dedica a hablar de cuál categoría hay que emplear para designar a esa persona o a esta otra, eso es un regalo para ellos porque centran la crítica en lo que no se está haciendo. Lo otro es que hay una gran diferencia entre persona como marca o como categoría, que persona como persona. No debemos reducirlo a una palabra.












